Archivo docente · 01
Al estudiante
Estaba el pobre estudiante
sufriendo con su tarea,
llegó la Muerte elegante:
"¡Vámonos, no me hagas caras feas!".
La tradición más astuta de México en pocas palabras. Dedícale una calaverita a tu maestro, a tus amigos, a tu familia o hasta a tu jefe. Porque en México a la muerte no se le teme: se le hace reír.

“La Catrina muy lectora,
en esta página entró,
y como es buena escritora
¡con mil rimas se quedó!”
Explora las joyas poéticas que hasta la Muerte se detuvo a leer. Abre cualquier imagen para revelar el arte completo y escuchar cómo la historia cobra vida en tus oídos.
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primaria, secundaria, preparatoria


Tarjetas animadas y narradas (audio)
Cuando encendemos la primera vela del altar y el aroma a cempasúchil y copal llena la casa, el corazón se nos llena de una calidez especial. Sabemos que nuestros seres queridos están por llegar. El Día de Muertos no es solo una fecha en el calendario; es un abrazo nostálgico a la memoria de quienes se adelantaron. Y justo ahí, en medio de esta celebración tan íntima, existe una chispa de picardía puramente mexicana que nos permite sonreírle a la tristeza: las calaveritas literarias.
Como herederos de esta hermosa tradición, sabemos que escribir una calavera de dia de muertos es mucho más que juntar palabras que suenen bien. Es un acto de amor revestido de humor. Es nuestra forma de decirle a la parca que, aunque respetamos su trabajo, aquí en México la recibimos con pan dulce, papel picado y una buena carcajada.
Si estás aquí, es porque sientes ese llamado de la temporada y quieres mantener viva la magia. Quizá buscas los versos perfectos para colocar junto a la foto de tu abuelo, una dedicatoria ingeniosa y cariñosa para tus alumnos, o simplemente quieres aprender el bello arte de la rima. Has llegado al refugio indicado.
Aunque nuestros altares tienen raíces prehispánicas milenarias, la calavera día de muertos escrita nació a finales del siglo XIX como una travesura poética. El mexicano descubrió que la rima era el antídoto perfecto contra el dolor, transformando aquellos antiguos versos en el regalo más divertido y cálido que podemos dedicarle hoy a nuestra familia y amigos.
Prepara tu taza de café de olla, ponte cómodo y acompáñanos a descubrir el esqueleto de esta tradición. Aprenderemos juntos, paso a paso, a componer versos que hagan sonreír tanto a los vivos como a los que vienen de visita.

El mexicano tiene un don inigualable: convertir el llanto en carcajada y el luto en una gran fiesta de colores. Las calaveras literarias cortas son, sin duda, el mejor ejemplo de esta picardía tan nuestra. No necesitamos discursos solemnes para jugarle una broma a la muerte; a veces, un par de versos con alma, buena métrica y mucho encanto son suficientes para desarmar a la mismísima Catrina.
Si buscas calaveras literarias chistosas para romper el hielo, o simplemente quieres enviar un mensaje lleno de cariño por WhatsApp a tus seres queridos, los epitafios cómicos breves son tu mejor aliado.
El secreto de estos versos está en su musicalidad. Te compartimos nuestros ejemplos favoritos; haz clic en los botones de abajo para desplegar cada calaverita y disfrutar el arte del remate chistoso:
⚠️ ALERTA DE RITMO: En las composiciones breves, la métrica lo es todo. Asegúrate de que tus versos canten por sí solos. Un buen remate a tiempo hace que la carcajada de tu familia no se haga esperar.
Selecciona una calaverita para comenzar
Haz clic en cualquiera de los botones superiores para descubrir su historia, versos satíricos y su ilustración temática.
Como puedes notar en estos ejemplos, la verdadera magia de la poesía festiva está en los detalles cotidianos y en la precisión de la métrica. Pasamos de situaciones comunes —la tarea del estudiante, el chisme en la esquina, el horno del panadero, la hoja de Excel o la receta del médico— a un encuentro sorpresivo con la Parca, donde el remate chistoso roba una sonrisa en el último verso.
Al escribir tus propias calaveritas cortas, no te quedes solo en la anécdota: ponle sabor. Usa palabras nuestras (huesuda, panteón, rebozo, tamal, copal, mitotera) y cuida que tus líneas suenen como una canción. Un buen remate no tiene que ser cruel, basta con que sea un guiño cariñoso y pícaro a las costumbres de tu "víctima".
Imágenes y videos que te harán reír y recordar.

Buscando la toma perfecta
con su lente enfocado al altar,
vio una sombra muy recta
que lo vino a impresionar.
“No me saques con ese brillo”,
le gritó la Catrina formal,
“que me veo mucho el colmillo
y salgo muy mal en el portal”.
El fotógrafo muy valiente,
le pidió una pose de lado,
sin saber que entre la gente,
su destino estaba marcado.
Ya no toma más retratos,
ni usa el flash en la ciudad,
ahora toma por ratos
por toda la eternidad.

Entre harina y mucha canela,
Doña Juana el pan amasaba,
no sabía que la muy flaca
desde el horno la vigilaba.
“Ese olor me trae de cabeza”,
dijo la Parca con emoción,
“prefiero un pan con corteza
que llevarte directo al panteón”.
Hicieron un trato al momento,
entre risas y mucho calor,
“yo te pongo el cocimiento
y tú me das de tu sabor”.
Ya se ven en el camposanto,
repartiendo pan de azahar,
la Muerte ya no causa espanto,
¡ahora solo quiere merendar!

En la guardia de la noche,
el doctor su nota escribía,
cuando vio pasar un coche
que un frío aroma traía.
Entró la flaca con prisa,
con una bata muy blanca,
“no me cause usted risa,
que la muerte no se estanca”.
“Deje ya su estetoscopio”,
le dijo con gran firmeza,
“que en el panteón, que es mi acopio,
a todos les duele la cabeza”.
El doctor ya no consulta,
ni receta más jarabes,
pues la Parca lo sepulta
entre cantos de aves graves.

Por la calle iba el taxista
manejando su unidad,
sin saber que en la autopista
lo seguía la oscuridad.
“Llévame pronto al panteón”,
dijo la Parca al subir,
“y pon una buena canción,
que me quiero divertir”.
El chofer vio el taxímetro
y cobró por adelantado,
“Yo la llevo al cementerio,
si me paga lo marcado”.
La Muerte soltó la risa
y sin pagar el pasaje
se lo llevó a toda prisa
en su último gran viaje.

Afinando su vihuela,
el mariachi cantaba
mientras la noche vuela
y la serenata esperaba.
Entró la Flaca cantando
con un traje de charrito,
y se le fue acomodando
para pedirle un corrido.
“Cántame 'La Golondrina'”,
le ordenó sin compasión,
“o te llevo en la neblina
derechito a mi panteón”.
El mariachi dio un gran grito
agarrando el guitarrón,
y ahora toca tempranito
en las fiestas del panteón.

La maestra muy atenta
explicaba la lección,
sin saber que la Huesuda
se metió por el balcón.
“Ya te vengo a evaluar”,
le gritó la muy Huesuda,
“yo te voy a reprobar
si te noto alguna duda”.
La maestra no tembló
y le dio un gis de color,
“Pasa al frente”, le ordenó,
“y escribe por favor”.
La Catrina muy frustrada
no supo cómo escribir,
y se la llevó de volada al panteón,
para aprender a escribir.

Afilando su navaja,
el buen Pedro trabajaba,
mientras una extraña sombra
en la puerta se asomaba.
Era la Flaca elegante
que venía por un corte,
“Déjame como un diamante
y que resalte mi porte”.
Pedro vio su calavera
y le dijo sin dudar:
“No le queda cabellera,
y ¿qué le voy a recortar?”.
Ofendida la Catrina,
se cobró la humillación,
lo arrastró por la esquina
y se lo llevó al panteón.

Frente a su computadora,
el buen Paco programaba,
cuando vio que era de madrugada,
y la Muerte se asechaba.
“Ya te vengo a reiniciar”,
le dijo la muy Huesuda,
“tu sistema va a fallar
y no tendrás ninguna ayuda”.
Paco tecleó de volada,
buscando una solución,
y la Flaca, de la nada,
le cortó la conexión.
Ya descansa el pobrecito,
en la nube del panteón,
programando muy solito,
una nueva aplicación.

Con su blanca vestimenta
por el pasillo rondaba,
sin notar que la Catrina,
en la esquina la esperaba.
“Ya te toca descansar”,
le susurró de repente,
“ya no vayas a inyectar
a ningún otro paciente”.
La enfermera suspiró,
y sacó una jeringuilla,
a la Flaca se acercó,
y le picó la costilla.
La Huesuda se asustó
por la jeringa en su costilla,
y al panteón se regresó,
pegando un fuerte alarido.

En el bar de la ciudad,
el cantante afinaba,
con estilo y calidad,
mientras la gente llegaba.
Entre el humo apareció
la Dientona muy sonriente,
un buen trago se pidió
para entrar en ambiente.
“Canta pronto mi canción”,
le gritó la Catrina,
“o te llevo para el panteón
a dormir en la ladera”.
El muchacho le cantó
con voz firme y muy audaz,
y la Muerte suspiró,
dejándolo al fin en paz.

Con la mezcla y el cemento,
don Panchito trabajaba,
construyendo un aposento,
mientras alguien lo miraba.
“Vengo a hacer la inspección”,
le dijo la Catrina,
“veo chueco ese rincón,
lo levantas de nuevo hoy”.
El albañil muy sereno,
le ofreció un taco de frijol,
“Pruebe usted, que está muy bueno,
y se sienta aquí en el sol”.
La Catrina comió tanto,
que de sueño se cayó,
y Panchito, sin espanto,
en la barda la emparedó.

Revisando un expediente,
la Catrina lo veía,
no notó que de repente
la Catrina sonreía.
“Vengo a darte tu sentencia”,
le gritó la Calavera,
“ya se acabó tu paciencia,
vámonos pa' la frontera”.
“Yo te meto un amparo”,
contestó muy arrogante,
“pues el caso no está claro
y yo soy representante”.
A la Muerte no le importa
tanto lío ni papeleo,
le cortó la vida corta,
y lo echó a su mausoleo.

Reparando un motor viejo,
estaba el buen don Ramón,
cuando vio por el espejo
a la Parca en el rincón.
“Vengo a darte tu servicio”,
dijo la Flaca riendo,
“ya se acaba aquí tu oficio,
vámonos ya recogiendo”.
“Espéreme usted tantito”,
le rogó con gran empeño,
“me falta este tornillito,
para dárselo a su dueño”.
La Catrina no hace tratos,
le quitó la refacción,
entre llantas y aparatos,
se lo llevó al panteón.

En el centro de la cancha,
el chamaco dominaba,
con su camiseta ancha,
mientras la porra gritaba.
Se metió la Calavera,
de portero en el partido,
“Se acabó tu delantera,
tu final ya está escrito”.
El muchacho con gran clase,
le tiró un penal de frente,
esperando que fracase,
y engañar a la demente.
Pero la Flaca es portera,
y el balón logró atajar,
lo mandó hasta la barrera,
en el panteón fue a parar.

Con sus planos y medidas,
dibujaba un gran palacio,
calculando las salidas,
pa' no errarle en el espacio.
Apareció la Pelona,
con escuadra y cartabón,
“Ya no quiero tu corona,
te me vas para el panteón”.
“Déjame hacer los cimientos”,
le rogó el arquitecto,
“yo te hago monumentos,
con un trazo muy perfecto”.
La Catrina no hizo caso,
sus dibujos le rompió,
de un solo macanazo,
en su fosa lo metió.

Reparando un cable pelón,
el buen Pepe se encontraba,
subido en un escalón,
mientras todo parpadeaba.
La Catrina de repente,
le apagó el interruptor,
“Ya te corto la corriente,
se acabó tu resplandor”.
Pepe sacó cinta negra,
y peló su cablecito,
“Con esto mi alma se alegra,
y de paso te electrocuto un poquito”.
Pero la Muerte es de hueso,
y no pasa la corriente,
se lo llevó por su humor negro,
a dormir eternamente.

Don Julián, el panadero,
amasaba con pasión;
era el hombre más sincero
de todita la región.
La calaca muy hambrienta
a la puerta se asomó:
“Dame un pan de dulce y menta,
que en los huesos ando yo”.
Julián le dio su conchita,
con cafecito de olla,
la Catrina, muy gordita,
se lo llevó en su charola.

Con su aguja y su carrete,
doña Paz cosía un faldón,
muy sentada en un banquete,
en la sala y su sillón.
La huesuda, de repente,
le pidió un vestido audaz:
“Quiero verme diferente,
y muy guapa, doña Paz”.
Le cosió un traje florido,
con encaje y con listón,
y la muerte, de un chasquido,
se la llevó al panteón.

Afinando la vihuela
y cantando una canción,
el mariachi en la plazuela
alegraba el corazón.
La Catrina, en un rincón,
le pidió con mucha pena:
“Cántame una gran canción,
que me cure esta condena”.
Al cantar el estribillo,
la calaca suspiró,
lo agarró del calzoncillo
y a la tumba se lo echó.

Con cebolla y con cilantro,
preparaba un buen pastor,
don Beto, afuera del antro,
trabajaba con sudor.
La calaca, muy flaquita,
cinco tacos le pidió:
“Ponles salsa de la frita,
que a la dieta renuncio”.
Beto le sirvió su plato,
y la muerte se enchiló,
por hacerle al garabato,
al taquero se llevó.

En su blanco consultorio,
la doctora Elena,
atendía el sanatorio,
a sus pacientes del mes.
La huesuda entró tosiendo:
“Ay, doctora, siento un mal,
los huesitos van crujiendo,
desde el cráneo al espinal”.
Elena le dio su pastilla,
y la parca suspiró,
la subió en una camilla,
y al panteón se la llevó.

Doña Rosa en su cocina,
preparaba de cenar,
con la sopa de rutina,
lista para calentar.
La huesuda entró sin ruido,
y se la quiso llevar,
pero Rosa en un descuido,
no se quiso doblegar.
De un zapatazo tremendo,
a la Muerte correteó,
y la flaca ya corriendo,
sin la cena se quedó.

En su silla muy cansado,
Paco estaba en su lugar,
revisando un gran listado,
sin poderse levantar.
De repente la Catrina,
al cubículo llegó,
paseando en la oficina,
y su pantalla apagó.
Paco le dijo directo,
levantando su tazón:
“Llévame al panteón secreto,
ya no aguanto a mi patrón”.

En el partido llanero,
jugaba el compadre Luis,
que se creía el primero,
de todito su país.
Pero el árbitro central,
era la misma Catrina,
con su silbato fatal,
se metió por la esquina.
“Te me vas de la primera”,
le gritó sin compasión,
y así fue la calavera,
que lo mandó pal panteón.

Trabajando la madera,
don José en su tallerito,
armaba una repisera,
cantando muy despacito.
La Catrina se asomó,
y le pidió un gran cajón,
don José se lo mostró,
hecho con un gran tablón.
Como no le gustó el precio,
la calaca se molestó,
y por andarle de necio,
al panteón se lo llevó.

Estaba la inteligencia en su nube trabajando,
cuando llegó con paciencia la Flaca un "prompt" redactando.
“Genérame un buen velorio”,
le pidió al computador,
“pues ya saqué de escritorio al que se cree programador”.
El usuario no sabía que su cuenta iba a cerrar,
pues la Parca ya quería su memoria formatear.
Ni el Wi-Fi ni la batería lo pudieron rescatar,
¡ahora enseña algoritmos en el más allá a brillar!

Con su taza de humeante delicia,
don Manuel al balcón se asomó,
no esperaba la fría caricia
de la Flaca que allí lo esperó.
“Vengo por ti”, dijo la Dientona,
con guadaña y vestido de encaje,
pero él, con su voz de persona,
le ofreció de su negro brebaje.
La Parca probó un sorbo fuerte,
y el azúcar le halló el corazón,
“¡Qué delicia es burlar a la muerte
con café, pan y mucha pasión!”.
Ya no quiere llevarse al abuelo,
ni mandarlo directo al panteón,
ahora baja la Flaca del cielo
por su taza y un buen rincón.

Bajo un farol de luz fría, su guitarra él rasgueaba,
sin ver que en la cercanía la Catrina lo escuchaba.
“Qué triste suena ese tono”, dijo la muerte al llegar,
“deja ya tu viejo trono, hoy te vienes a cantar”.
El músico no se asusta, le ofrece una serenata,
pues la muerte, si es injusta, con música se desata.
Ya se van por la calzada, bajo un cielo de azahar,
él con su alma afinada, ella aprendiendo a bailar.